Reseña de Epitafio de primavera

por alba

Hoy aparece en el suplemento Cultura de La Nueva España una reseña de Epitafio de primavera de Víctor García Méndez firmada por Sofía Castañón. No está disponible la versión online del suplemento así que copiamos a continuación el texto:

No tenga miedo, son poemas

Señora, señor, hombre gris que agarra el periódico -y que no es tan gris como para hacer pinza con el suplemento de cultura-, gracias lo primero. Y tranquilidad, para seguir, que en este rincón de la página hablamos de poesía, pero no nos ponemos rojos, ni verdes, ni estupendos.

Un buen amigo, y poeta -todo se perdona-, me decía que antes podría hacer una reseña de un solo poema que de un libro entero, que muchas veces la esencia de un poemario está en el modo en el que respira uno de esos destellos que nos golpean con fuerza -y no asociemos por detellos sólo luces de artificio, si no impacto real, del que casi duele. Y me lo decía poniendo de ejemplo “Canción para la ausencia”, de Víctor García Méndez, y que tiene por cierre “Enciendes/ sin embargo/ el frágil corazón/ de quienes quedan”.

Esta es la historia de quien, a priori, podría tenerlo todo en contra. Para empezar, que la cosa va de poesía. Vaya por dios, ese género que sólo interesa a los propios poetas, que es difícil, o árido, o lo bastante aburrido como para no disfrutarlo mientras uno va en metro. Para seguir, que es joven, pero no es un prodigio de ocho años que pinta con los pies, graba discos de música sacra en versión hip hop o entrevista a Mariano Rajoy con astucia infantil. No, es joven pero de edad honesta. Y, para más inri, publica su primer poemario en una editorial pequeña, de jóvenes asturianos, que acaba de nacer. Ya, ustedes le auguran el desastre.

Quien escribe confiesa disfrutar en estas ocasiones del rol de Lisa Simpson al decirles -lectores que hoy comparten el café o el pincho con estas letras impresas- que se equivocan. Nada más alejado. Epitafio de primavera posee una virtud, cuando menos, poco habitual. Es un libro honesto. Honesto con la vida de su autor, con su geografía humana y con los círculos vitales que lleva inscritos en los huesos. Honesto con su tiempo y con el tan tópico, y no por ello obviable, compromiso con el lenguaje. Honesto con el yo poético y con el lector que espera encontrar algo en sus versos.

En sus poemas está todo aquello que exige la poesía, como idea en letras de molde: coherencia, lecturas, entendimiento del concepto de belleza, voluntad de libro. Y además, las castañas, los abuelos, los recuerdos esenciales, Venezuela o Venecia, los cuerpos en la noche. La vida de la que habla su autor por no pasar por el sonrojo de hablar del trabajo de escribir poesía.

Es cierto, este primer libro de Víctor García Méndez -al que, sabemos, seguirán otros- no es para leer en el metro. Pero esto no me parece un problema, a no ser que pretenda los índice de ventas de Paulo Cohelo. Entre muchas otras cosas, porque -aun con tanta visión de la vida importada de la metrópolis que tengamos- aquí no hay metro.

About these ads